"Un revolucionario blandengue, vacilante en los problemas teóricos y de estrechos horizontes, que justifica su inercia con la espontaneidad del movimiento de masas y se asemeja más a un secretario de tradeunion que a un tribuno popular, carente de un plan amplio y audaz que imponga respeto incluso a sus adversarios, inexperto e inhábil en su arte profesional (la lucha contra la policía política), ¡no es, con perdón sea dicho, un revolucionario, sino un mísero artesano!" (Lenin, ¿Qué hacer?)
Me habrán oído (o leído) ustedes repetir una y otra vez que sin victorias ideológicas no hay victorias políticas y que, por lo tanto, la de las ideas es, hoy por hoy, la batalla crucial. Claro que, para librar batallas hay que disponer de potencia de fuego, en este caso de pensamiento fuerte y potencia de análisis.



